En estos tiempos tan raros para todos, estos tiempos que nos golpean en nuestra estabilidad, en nuestra rutina, en nuestra tranquilidad, en nuestros proyectos… En todos los aspectos de nuestra vida.

Estos tiempos donde reinventarnos y evolucionar serán verbos de transición inevitables, la Tierra, la madre Tierra nos obliga a volver a nuestros instintos primitivos, nos obliga a volver a las raíces, nos obliga a recordar de dónde venimos.

Venimos de la naturaleza, venimos de la vida, venimos del amor.

El ser humano fue dotado de inteligencia para ser el protector del planeta, para encontrar nuevos recursos, para cuidar la cadena alimentaria, para proveer, para liderar el mundo.

Pero no hemos sido buenos líderes, no hemos llevado a cabo nuestra misión con éxito y la Tierra, colapsada por el estrés, colapsada por los desequilibrios, por la suciedad, por la agresividad… Ha dicho: basta!

Muchos creímos que era una especie de guerra mundial procedente de las mentes perversas, pero… Si miramos adentro, de nuestros corazones, si escuchamos a nuestros instintos primitivos veremos que todos hemos colaborado en esto.

Todos somos parte de este organismo mundial, todos somos el mundo, todos estamos en esto como responsables.

No se trata de sentir la culpa y dejarnos llevar al derrotismo sin rumbo. Eso solo nos lleva a eso mismo: a la derrota.

Puede que esto sea una lección de vida, una lección de la naturaleza. Pero no es el fin si sabemos escuchar y utilizar esto para mejorar como especie y como planeta.

Hemos olvidado la importancia de la salud, la importancia de la vida, la importancia de la sabiduría sin ego, la importancia de la lucha pacífica, la importancia de un buen ritmo de vida.

Dum, dum… Dum, dum… Así empieza la vida, así laten los corazones que son los motores de la vida.

Si el ritmo no es bueno, si el ritmo está acelerado o ralentizado, la vida no va bien.

Por eso es importante sanarnos como personas, sanar nuestro ritmo personal y sanando individualmente sanaremos como planeta.

Mientras haya ritmo, hay vida, mientras haya vida hay esperanza.

La percusión es la música más antigua, primitiva y natural que existe.

La vida es una percusión, una serie de golpes perfectamente ordenados en pulsaciones que hacen bombear la sangre del corazón.

Esto nos enseña que sin agitación, sin golpes, sin ritmo, no hay vida.

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